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miércoles, 27 de abril de 2011

de sabores


Todos apretujados en aquel enorme congelador. De todos los sabores, de todos los colores. Abrió su mano y miró las monedas que le contemplaban desde su palma. Su boca se torció al hacer la cuenta, sintiendo sobre su coronilla la mirada impaciente del tendero.
-Bueno, ¿qué?
-No me llega.
-Pues aligera, que hay trabajo.
Protegiendo sus monedas y haciendo un mohín volvió a la trastienda a ordenar el género, a cargar cajas y a barrer el suelo. Mientras, su padre seguía atendiendo el negocio.

martes, 19 de abril de 2011

dentro

Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura, una casa de paredes encaladas con geranios en un diminuto balcón, un parto, un niño de piel blanca y ojos grandes y negros, un cachorro de pastor alemán, un anciano de tez cenicienta, frágil y sin vida en una enorme cama, un dibujo pegado a la nevera, una pelota en el jardín, un autobús de color celeste pálido, un bañador descolorido, unos dolores, una bata blanca; y otra; y otra, todas con una mirada esquiva. Un apuesto hombre al que besó en los labios con dulzura. Una luz.
Fue todo lo que encontraron cuando hicieron la autopsia.

viernes, 8 de abril de 2011

ella

Ella sabrá lo que hace. Si quiere sentirse desgraciada es su problema, no quiero saber nada. Allá ella si no quiere luchar, si se rinde, si todo puede con ella. Mi cara seguirá sonriendo, mis maneras seguirán siendo impecables. Ni a través de mis ojos podrá nadie ver mi alma. Menuda perdedora.

martes, 5 de abril de 2011

el pintor

En casa teníamos una estufa. Una de esas antiguas. Grandota, de metal, con un gran tubo que llegaba casi hasta el techo. Nunca la vi en marcha. De hecho, de estufa sólo tenía el nombre, para mi era el garaje de mis pequeños cochecitos de metal; para mi hermano era el escondite de sus cigarrillos; para mi padre un adorno estupendo; para mi madre un trasto que siempre estaba sucio; para mi abuela era también algo, pero no sabría decir el qué. Aunque debía de ser importante porque se podía pasar horas mirándola, y su cara era la viva imagen de la felicidad. Yo creía que le recordaba al abuelo; mi hermano pensaba que a su juventud; mi padre opinaba que a los años en los que trabajó en la fábrica y mi madre que simplemente le había cogido cariño a la dichosa estufa, como se lo hubiera podido tomar a la mesa de la plancha. 

Yo quería mucho a mi abuela, y el corazón me dio un vuelco cuando, un día, al volver del colegio, en lugar de la vieja estufa se erguía, orgullosa, una lámpara de pie. De diseño. Fue imposible consolarla. A mi abuela, digo. Yo le decía que se la habían llevado a reparar y que pronto la traerían; mi hermano que, en el fondo, una lámpara de diseño era casi lo mismo que una estufa decimonónica; mi padre que aquella lámpara tan bonita debía alegrarle la vida a cualquiera. Y mi madre que dónde iba a parar, lo rápido que se podía limpiar ahora. 

Y así comenzó mi carrera de pintor. Hasta que no logré plasmar una copia exacta de la vieja estufa y ver sonreír de nuevo a mi abuela no descansé. Y hoy he tenido que pintar al óleo el rostro de mi padre, para que ella lo vea en el rincón de la estufa, entre el retrato de mi madre y el de mi hermano; y así mi abuela no tenga que ir perdiendo otra vez su sonrisa porque el tiempo pasa y las cosas no siguen en su sitio.

viernes, 25 de marzo de 2011

El torreón

Había alguien en el Torreón del Baño de la Cava. Era un pedazo de mi mismo que volvía siempre en primavera, cuando el Tajo venía más crecido, cuando desde su ventanuco uno podía quedarse ensimismado viendo su corriente, como mirando las olas del mar. Como cuando hace veinte años subíamos allí a jugar los muchachos del barrio de San Martín. Tú, siempre con grandes voces, con la vida rebosando por tus poros, me arrastrabas. Nos arrastrabas a todos. Aquel día en el Torreón comprendí que te quería más de lo normal. Lo comprendí porque os fuisteis todos y yo me quedé allí, llorando porque te reíste de mí. También comprendí que te irías de mi lado, que debía guardarte en secreto. A ti y al hecho de que te quisiera tanto. Lloré mi miedo a ser diferente a los otros niños. El miedo vino conmigo pero te lloré tanto que dejé parte de mí allí. Y siempre que paseo con mi mujer me veo entre las brumas, asomado al ventanuco.

viernes, 11 de marzo de 2011

su hoguera

Alfonso miraba por la ventana de su caravana. El límite de la ciudad lo marcaba aquel bloque de cemento, aquel edificio de viviendas repleto de graffitis. Poco después comenzaba el vertedero y, entre los dos, su caravana. No se podía quejar, los pandilleros le respetaban y las abuelas le llevaban comida. En su menú no faltaba de nada. A veces le preguntaban. Querían saber, pero Alfonso nunca supo explicar cuál fue la clave de su decisión. Dos años atrás sintió la perentoria necesidad de prender una gran hoguera de las vanidades con su vida. Dejar sus casas, sus coches, sus trajes. Dejar todo fuera de su caravana. Todo menos su profesión. La abogacía se salvó de la quema. Y en dos horas se dictaba sentencia en un importante pleito. ¿Qué haría con la comisión si ganaba? Lo tenía claro. Les compraría pinturas a los pandilleros y electrodomésticos a las abuelas.

domingo, 30 de enero de 2011

aurora

Les presento a Aurora, Subsecretaria Judicial, la chica más anodina de los Juzgados. Aurora hizo un pacto con el diablo. Tenía ya muy gastado el banquillo de la vida y agotados los buenos propósitos y su recta forma de vivir. El sabor de su profesionalidad era como agua con gaseosa en su boca. Dejó su casa y entró en el Hotel del Vértigo. Se enamoró de asesinos, de jueces, de políticos. Sus pies apenas tocaban el suelo. Sus ojos eran del color de las enredaderas. Los que la abrazaban temblaban de miedo. Los que temblaban de miedo la abrazaban. Mientras, en su recibo aguardaba pacientemente su vida anterior. Cuando Aurora flanqueó la puerta, su vida anterior se llevó las manos a la cabeza. Aurora pidió perdón, el diablo devolvió su alma y todo volvió a ser como antes. Aurora, Subsecretaria Judicial. La mujer más deseada de los Juzgados.

Seleccionado III Concurso Microrrelatos sobre Abogados

viernes, 14 de enero de 2011

Pedro Esperanza

Nadie en varios kilómetros a la redonda sabría decir su nombre, simplemente apareció una buena mañana de febrero, tiritando de frío, medio desnudo, apretujado contra el muro del granero. No hablaba, pero padre le dio algo caliente que comer y un techo donde dormir. También le enseñó a ordeñar las vacas, a limpiar los establos, a esquilar a las ovejas. Trabajaba duro y, a veces, sonreía. Padre no lo hubiera reconocido nunca, pero le había tomado cariño. Y yo también. Un día llegó un coche, un matrimonio, gente de bien, hablaron con padre, movían mucho la cabeza. Padre señaló al granero y caminaron hacía allí, el matrimonio con prisa, padre con pereza, todos a la misma velocidad. Quise avisarle pero no me dio tiempo. Se lo llevaron. Se llama Pedro. Me lo dijo, bajito, al oído.

martes, 11 de enero de 2011

rebajas

Hoy es 7 de enero. Hace frío, aunque el año pasado fue peor. Entonces Nerea pilló una pulmonía o algo así. Nerea es mi hermana pequeña. Es una niña increíble, listísima y graciosa a más no poder. A veces es pesada con ganas pero la verdad es que se me cae la baba con ella. Deberían conocerla, de veras. Hoy se ha acordado de que empiezan las rebajas y ha querido que jugáramos a las compras. Se lo pasa bomba. Cuando mamá ha dicho que era hora de ir al Centro Comercial se ha animado una barbaridad. Así, mientras nosotros pedimos limosna en la puerta ella puede seguir jugando delante de los escaparates.

viernes, 7 de enero de 2011

Terapia de pareja


Supongo que todo es una cuestión de vocación. Cuando es muy fuerte es inútil luchar contra ella. Estudié Derecho, pero por encima. Dedicaba mis ratos libres y liberados a todo lo que tuviera que ver con la Psicología. Me hice abogada matrimonialista y, por inercia, monté un despacho especializado del que lo único que me gustaba era el color mandarina de las paredes, la plaquita que puse en la columna de entrada y el tañer lejano de las campanas. Una pena. Para colmo, el primer matrimonio que vino a formalizar su divorcio presentaba un claro cuadro de exceso de expectativas en la pareja que solucioné en un par de sesiones. Ya han pasado unos años y de mi despacho todavía no ha salido ningún divorciado. Pero no tengo problemas con los vencimientos de las facturas. Las personas reconciliadas con el amor y con su pareja son enormemente agradecidas. Y generosas.

Seleccionado III Concurso Microrrelatos sobre Abogados

martes, 21 de diciembre de 2010

mi abuelo

Mi abuelo estaba enfermo de historias. Muy enfermo. No le dejaban descansar, le desvelaban por las noches y le despertaban cada mañana. Le nublaban la vista y el juicio. Para él eran peores que estar endemoniado, peor que una droga. Sólo escribiéndolas sentía alivio, a modo de sangría. Las historias le volvían, pero, cada vez más pronto, llamando a su puerta, exigiendo ver satisfechas sus urgencias, encastradas en sus venas, enredadas con sus nervios, con su corazón. Él decía que tenía dos corazones, el de sentir y el de contar. Se me murió el año pasado y siempre que puedo voy a visitar su tumba. Le leo cuentos para calmar su enfermedad, me da pena imaginármelo sin poder aliviarse de su mal. Son cuentos que escribo yo. En la oficina, en la peluquería. Ahora entiendo su forma de mirarme. Afectuosa, casi acariciando, pero con tristeza. Él ya sabía que yo también iba a enfermar de historias.

sábado, 4 de diciembre de 2010

pasear

Siempre vengo hasta este astillero. Todas las tardes, sobre todo en invierno. Es en esta época cuando más me gusta pasear por aquí. Mi ánimo siempre ha sintonizado con el vaivén de las olas, con los barcos difuminados en la niebla, con la soledad, con la tremenda soledad que todo aquí desprende. Sin embargo, no me siento sola aquí, siento que me acompañan las barcas, las olas, la vieja y majestuosa grúa, siento que me acompañan en mi soledad, que no estoy sola, que tantas soledades están por fin acompañadas. No vengo a buscar nada, pero todas las tardes vengo aquí, sola, a mirar el mar y, acompañada, me vuelvo a casa.

Astillero. Fotografía de Ignacio Cagigas Dos Santos Cruz

domingo, 21 de noviembre de 2010

números

2 era el número de la suerte de ella, 5 el día del mes de octubre en el que se dieron el primer beso, 13 era el número de la suerte de él, 19 el día en que comenzaron a salir juntos, 27 el día del cumpleaños de ella y también el día en que se casaron. 32 la edad de él ese día, 34, la edad de ella. 5 eran los años que llevaban juntos cuando decidieron jugar a la lotería todas las semanas con la misma combinación. En la semana que hacía 20 a él se le olvidó sellar el boleto. En la semana que hacía 20 ella fue por su cuenta a sellar un boleto cambiando el 13, que no le gustaba, por el 15, el día del cumpleaños de él. Tardaron 2 días en saber que habían acertado todos los números y 15 minutos en comprobar que había más de 300 acertantes. Siguieron teniendo 30 años de hipoteca pero se fueron de crucero. 15 días.

domingo, 14 de noviembre de 2010

mi mala suerte

Desde que decidí convertirme en abogado parece que la suerte me es esquiva por completo. En la facultad de Derecho me enamoré de Nuria, la profesora de Constitucional II que, además de suspenderme, me dio calabazas. Hice mi pasantía en un bufete que pasó a la fama por jugar un papel muy turbio en un escándalo urbanístico. En mi peregrinaje laboral por gestorías y bufetes nunca triunfé y nunca uno de mis recursos fue estimado. Preparé oposiciones para fiscal, pero todas mis causas eran sobre personas inocentes. Me quedé calvo y sospecho que también sufría de halitosis. Harto de una vida tan nublada decidí acabar con todo desde el puente de la autopista pero, por supuesto, sólo logré romperme las piernas. Sin embargo, es agradable que la enfermera que me cuide seas tú. Puede que mi suerte haya cambiado al fin.

martes, 9 de noviembre de 2010

su norte

−No me creo que llames desde El Bonillo.

−Sí, papá, ¿desde dónde quieres que llame?
−Pero entonces… ¿ya has vuelto de la guerra?
−Nunca he estado en la guerra, papá, el que estuvo fuiste tú, no yo.
−Vaya, se lo tengo que decir a tu madre, estaba muy preocupada, la pobre.
Con su padre siempre es lo mismo, hace años que es así, Antonio ya está acostumbrado a su particular senilidad, al calidoscopio de recuerdos y olvidos que construye y derriba cada día en su cabeza. Su madre cuida de él y es la que mejor le ha enseñado a tomarse con sentido del humor su progresivo desdibujamiento. Siempre quiso ser enfermera y encontró en la enfermedad de su padre una piedra de toque que, paradójicamente, acabó por acercarla más a él. Su vocación fue superior a cualquiera de sus sueños, que los tenía, que compartió con Antonio y de los que su padre nunca llegó a percatarse. Dejar El Bonillo, volver a su Barcelona natal, abandonar a su padre. Hoy los ve felices. Los ojos de su madre rebosan energía y vitalidad y su padre nunca hubiera podido resistir vivir sin ella.
−¿Le has comprado algo a tu madre para su cumpleaños?
−Claro papá, nunca se me olvida. Hala, cuelga y nos vemos en un rato.
Durante la comida familiar su padre le dirige miradas cada vez más hurañas.
−Hay que ver lo que traga este electricista. A ver cuándo se pone ya usted a trabajar.
Los hijos de Antonio no tienen reparo en tomárselo a risa.
−Dí que sí abuelo, este hombre no da un palo al agua.
Pasó el rato, llegó la hora de irse, los hijos de Antonio plasmaban besos rápidos en las mejillas de sus abuelos. Antonio paseó su mirada por las viejas fotografías que superpoblaban el aparador. En una de ellas aparecía su padre en su época de actor. Se le vuelve a pasar por la cabeza lo paradójico de la situación, el hecho de que la enfermedad de su padre fuera lo que, finalmente, impidió que su madre lo abandonara, cómo algo a priori cargado de tristeza había aportado felicidad a ese hogar, cómo algo que separaba por naturaleza había llegado a unirlos de nuevo.
Antonio sale a la calle acompañado de sus hijos y de su madre. El más pequeño de ellos vuelve a recoger una chaqueta olvidada.
−Lo del electricista ha estado bien, abuelo –le dice al oído al padre de Antonio.
Él no dice nada, no le mira. Sólo se sonríe.

jueves, 4 de noviembre de 2010

halloween

Era la noche de difuntos. El cazador desplegó sus alas y sobrevoló la ciudad dormida hasta que divisó una ventana semiabierta. Su horrendo rostro esbozó una sonrisa mientras se escurría por el hueco y se incorporaba a un escenario siempre nuevo y siempre familiar: una habitación. Una cama. Alguien durmiendo. Un cuello al descubierto. Sangre. Comida. Se acercó sigilosamente y atacó.
El primer manotazo lo aturdió, el segundo prácticamente lo desintegró. Antonio se rascó el cuello con ansia y maldijo a los puñeteros mosquitos que no descansaban ni en verano ni en invierno. Se dio la vuelta y casi al instante se volvió a dormir.

Ganador del concurso de microrrelatos Radio Castellón Cadena Ser

jueves, 28 de octubre de 2010

campanilla

Mi exmujer me odia, y la verdad es que tiene motivos de sobra para hacerlo. Dice que mi único amor es el dinero y hoy por hoy no tengo ningún reparo en darle la razón y aún diría que se queda corta. Hace un año me arruiné jugando en bolsa y me vi obligado a iniciar un proceso judicial para revisar el convenio de separación. La única manera de salir a flote era reducir la cuantía de la pensión para nuestra hija pasando más tiempo con ella. La ratio horas-con-mi-hija/euros era altamente rentable a pesar de lo fastidioso de lidiar con una mocosa de seis años con tendencias bipolares y su piojoso osito. Gracias a Dios que mis acciones han vuelto a subir y ya no necesito el dinero. Ya puedo volver a facturar a niña y osito a su madre. Bueno, en cuanto acabemos de preparar su papel de campanilla para la función escolar.

miércoles, 20 de octubre de 2010

grau y yo

Quién me ha visto y quién me ve. De calcetines con agujeros a trajes de marca. Ningún indicio del granuja que estaba hecho. Todo empezó cuando Grau entró en mi tienducha una tarde de lluvia. Buscaba un mastín y le acabé vendiendo una tortuga. Él era un abogado recién licenciado y una persona especial. De alguna silenciosa manera transmitía confianza y sus clientes se sentían muy cómodos con él. Su capacidad para escuchar era tan superlativa que en cualquier tipo de reunión se acababa erigiendo como interlocutor principal, a pesar de que apenas abriera la boca. Había hasta desarrollado la facultad de desdoblar su atención a varias conversaciones simultáneas o a seguirlas mientras ocupaba su cabeza con otros pensamientos. Pero, para mi fortuna, su capacidad no era bidireccional y su habilidad para exponer sus alegatos ante un tribunal era absolutamente nula. Necesitaba un charlatán. Y formamos un buen equipo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

de la guarda

Como los ángeles al caer el sol, que duermen como benditos. Nosotros no, los ángeles de la guarda hemos de estar eso, de guardia ininterrumpidamente. Así estamos como estamos, hablando solos y fumando sin parar. Pero cambiar de puesto cuesta una eternidad. Para colmo siempre toca proteger a los más capullos. Dan más ganas de reventarles las ruedas o dejar que La Galletita se les atragante y que mueran entre estertores horribles. En cambio Nerea es un regalo del cielo, un ángel sobre la tierra a la que me muero por abrazar y sentir. No tengas miedo a ese camión. Seguro que vienes al cielo.

viernes, 8 de octubre de 2010

El Sr. Coolie

Al Sr. Coolie le entusiasmaba el cine. Sencillamente, se dio pronto cuenta de que percibía todo lo que acontecía fuera del cine como unos ensayos generales de lo que luego vivía dentro. Él recopilaba la información y en la sala se orquestaba con total precisión lo almacenado en toda su plenitud. Allí era el hombre, el soldado y el poeta que en su vida real no podía completar.
En su 54 cumpleaños sufrió la mayor decepción de su vida. En la puerta del cine, un nefasto y somero cartel anunciaba su cierre. Aturdido, entró en el primer café que vio, pidió un tazón de leche y se sentó.
-Pero, ¿por qué habrán cerrado el cine?
No fue él quien habló. A su lado, ante un tazón de leche casi vacío, una señora de mediana edad con unos ojos llorosos, grandes y azules, abría y cerraba la boca.
El Sr. Coolie miró al frente y fue en ese momento espectador de excepción del más perfecto y hermoso travelling del que había sido testigo nunca. Con una sonrisa triste pero pícara, el hombre, el soldado y el poeta dijo:
-¿Estás hablando conmigo?


Publicado en el libro El beso. Ed. Cardeñoso